Les ofreces algo más valioso que unos cuantos créditos. Con un gesto sutil, despliegas en tu HUD una imagen, proyectándola sobre la lluvia y el asfalto. Es un fragmento de código, un exploit para forzar el acceso a los túneles de mantenimiento de la megatorre corporative en Castel Beranger. Para ellos, significa un atajo, un escondite, una vía de escape de la caza constante de los drones de seguridad.
El mayor, el que lleva un implante ocular roto parpadeando con estática, se relame los labios agrietados. Mira a los otros. Asienten.
Continuas tu camino sin más percances hasta Le Mirage. Los ascensores de levitación magnética hacia el nivel 97 son de acceso restringido, pero una sonrisa al portero y un rápido escaneo de retina te abren el paso. Arriba, las luces del club parpadea en tonos de neón violeta y azul, un oasis entre el caos. La música retumba en ondas subsónicas diseñadas para alterar ritmos cardíacos, y el aire tiene el aroma químico de los cócteles moleculares.
Tu objetivo está dentro. Pero la cuestión es: ¿cómo lo alcanzas?
La ruta sigilosa. Usas un pase clonado para entrar por la entrada de empleados. Desactivas temporalmente las cámaras y te deslizas entre las sombras hasta el VIP lounge. Nadie te ve. Nadie te recordará. (Suma 10 minutos al tiempo que tuvieses anotado).
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