La muñeca del chico cruje en tu agarre, un pequeño y sucio pájaro atrapado en la garra de un depredador. Suelta el credchip con un gemido ahogado, pero no hay tiempo para celebrarlo. Un zumbido grave corta el aire por encima de ti, y el resplandor azul del dron de la brigada de seguridad metropolitana se refleja en los charcos de la pasarela.
En tu HUD, una alerta destella en rojo: COINCIDENCIA DE PERFIL – SUJETO REQUERIDO PARA INTERROGATORIO.
Mierda.
—Sujeto identificado. Cargo pendiente.
La voz sintética se derrama sobre las calles mientras el dron escanea tu cara. Reconocimiento positivo. Un latido después, un pulso electromagnético golpea tu sistema, apagando tu interfaz neuronal como si alguien desconectara la luz. Las piernas te fallan. Caída libre.
Comisaría del Nivel 90.
Cuando despiertas, estás en una celda de contención, el olor a ozono reciclado y sudor incrustado en la tela de los bancos metálicos. Le Mirage ya es un sueño evaporado en la humedad de la estación policial. Pero ese no es el problema.
El problema es que ellos lo saben.
No los policías. Ellos. Los que pagaron para que el tipo en la suite privada del club dejara de respirar esta noche. No entregas, no pagos. Y en Neo París, los clientes insatisfechos no dejan reseñas negativas. Dejan cadáveres.
Las luces frías del calabozo te hacen doler la vista aumentada. Desactivaron tus implantes, dejándote atrapado en la carne, vulnerable. Afuera, la lluvia sigue golpeando el techo de metal, y los oficiales te ignoran, ocupados con otros desechos humanos.
Entonces llegan ellos.
No llevan uniformes, pero sus chaquetas corp están reforzadas, los bordes de sus mangas apenas ocultando el brillo de cuchillas monomoleculares. Uno se agacha frente a ti y sonríe, dientes de cerámica blanca perfecta.
—Nos fallaste, cabrón —dice, mientras otro sella la puerta con un dispositivo interferente. Nadie escuchará lo que venga después. La vida se te escapa antes de que puedas, tan siquiera responder...
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